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La partida de la histórica presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora marca el fin de una era, pero consolida un faro indestructible de amor, resistencia y transmisión generacional frente a la impunidad.

El fallecimiento de Taty Almeida cala hondo en las fibras más sensibles de la historia contemporánea de nuestro país. A sus 95 años, Lidia Stella Mercedes Miy Uranga —la mujer que magistralmente transformó el desgarro individual de perder a su hijo Alejandro en un compromiso indomable por los derechos humanos— cruzó el umbral de la inmortalidad. Su partida física, ocurrida este domingo en Buenos Aires, nos sumerge en una profunda melancolía, pero nos impone una urgencia cívica ineludible: sostener las banderas de la Verdad, la Memoria y la Justicia que ella defendió hasta su último suspiro.
Taty no nació siendo la militante que el mundo entero conoció. Proveniente de una familia de arraigo militar y ajena a los debates políticos de los años setenta, su vida dio un vuelco irreversible el 17 de junio de 1975, cuando la organización parapolicial Triple A secuestró a su hijo Alejandro, un joven estudiante de medicina y trabajador de prensa de 20 años. Encontrarse con los poemas ocultos de su hijo tras su desaparición fue, en palabras de la propia referente, el momento exacto en que «Alejandro me parió a mí». Desde ese instante, la docente se calzó el pañuelo blanco en la cabeza y resignificó su propia existencia.
Lo que agiganta la figura de Taty Almeida en el firmamento de nuestra democracia es su inmensa capacidad para militar sin resentimiento, haciendo de la alegría y el amor las herramientas más punzantes contra el horror. Formó parte central de ese colectivo de mujeres —las «locas» de la Plaza de Mayo— que desafiaron bayonetas, silencios y complicidades institucionales. Su voz, firme pero cargada de una ternura maternal universal, se convirtió en un escudo frente a los discursos que pretenden relativizar el terrorismo de Estado.
En sus últimos años, consciente de las limitaciones biológicas del tiempo, Taty insistió tenazmente en la necesidad del relevo. Recientemente honrada por la Universidad de Buenos Aires, dejó en claro que la posta ya pertenece a la juventud militante y comprometida. Se marchó sin poder encontrar los restos de Alejandro ni saber su paradero final, una de las crueldades más perversas que aún persisten. No obstante, se fue en paz con su historia, sabiendo que su lucha no fue en vano. Su herencia política y afectiva no se entierra; florece en cada rincón donde se exija que el «Nunca Más» sea una realidad efectiva.
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