Argentina registró su peor desempeño en dos décadas en las pruebas PISA y quedó octava entre los países de América Latina evaluados. Mientras el sistema educativo muestra señales de agotamiento en las tres áreas medidas, el Estado nacional redujo el presupuesto destinado a escuelas, infraestructura y formación docente.

Los últimos resultados de las pruebas PISA no dejan lugar a la ambigüedad: Argentina obtuvo sus peores puntajes promedio en veinte años y confirmó un retroceso profundo en las tres áreas evaluadas. El rendimiento cayó a 393 puntos en Ciencias, 389 en Lectura y apenas 367 en Matemática, ubicando al país en el puesto 72 de 91 naciones relevadas a nivel global.
Detrás de la estadística fría hay una tragedia que se mide en personas: casi 8 de cada 10 chicos de 15 años (76%) no alcanzan el nivel básico en Matemática, y un 59% no logra comprender lo que lee ni asimilar conceptos científicos elementales. Son cifras que hablan de una generación entera a la que el sistema le está fallando.
Ajustar donde hacía falta invertir
Es común escuchar que la caída en los aprendizajes es un fenómeno global, una tendencia que atraviesa a toda la región. Pero ese argumento no alcanza para explicar —ni para justificar— lo que muestran los números: Argentina quedó octava entre los 13 países latinoamericanos evaluados, muy por detrás de vecinos como Chile (436 en Lectura) y Uruguay (445 en Ciencias), y entre los sistemas que más retrocedieron en los últimos tres años.
Ahí aparece la principal contradicción. En un momento en que la evidencia pide con urgencia más y mejor inversión educativa, las partidas destinadas a escuelas, infraestructura, formación docente y programas de alfabetización sufrieron recortes reales. Pensar que se puede revertir un cuadro de este tipo bajando el financiamiento público es, cuanto menos, una apuesta arriesgada: mientras la infraestructura se deteriora y los salarios docentes pierden valor, el costo lo terminan pagando millones de jóvenes.
Santa Fe, diluida en el promedio nacional
Los promedios nacionales esconden realidades muy distintas según la región. En esta edición, Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza participaron como «regiones adjudicadas», con muestras propias y representativas. Y una vez más, la brecha de recursos se notó en los resultados: CABA lideró la medición nacional con 449 puntos en Ciencias y 418 en Matemática, cifras cercanas a la media de la OCDE.
¿Y Santa Fe? Al no financiar una muestra ampliada e independiente, el rendimiento de los adolescentes santafesinos quedó mezclado dentro del promedio nacional, sin poder verse en el desglose propio del informe. Pero el contexto del aula santafesina —atravesada por paros docentes ante la pérdida de poder adquisitivo, escuelas con problemas serios de infraestructura frente al frío o el calor, y la baja de fondos nacionales para la extensión horaria— seguramente contribuye a ese 76% de estudiantes que no llega al nivel básico en Matemática a nivel país. Fuera de los distritos con más recursos, el desfinanciamiento golpea fuerte.
Un problema que solo importa cuando estalla
Llama la atención lo poco que sorprende. La educación argentina se vuelve tema de agenda casi exclusivamente cuando aparecen malos resultados como estos. El resto del tiempo, queda afuera de las prioridades de la dirigencia política y de las coberturas mediáticas, salvo que haya un conflicto gremial de por medio o un organismo internacional nos ponga el espejo delante.
Ningún sistema educativo se cae de un día para el otro: se apaga de a poco, con la indiferencia sostenida en el tiempo. Tratar la inversión en las aulas como un «gasto» que se puede recortar en momentos de crisis es, en el fondo, la forma más segura de garantizar que esa crisis nunca termine.
¿Dónde está la raíz del problema?
No hace falta una fórmula compleja para entender qué pasó: alcanza con un diagnóstico honesto. Ahí aparecen, al menos, tres factores que se combinan:
- Un deterioro socioeconómico persistente, que golpea a las familias y profundiza las desigualdades educativas.
- La falta de continuidad en las políticas de alfabetización inicial, que hace que los chicos arrastren baches de aprendizaje desde la primaria.
- La desinversión presupuestaria estructural, que le quita al sistema justo la capacidad que necesita en un momento en que se piden más horas de clase, mejor conectividad y más acompañamiento pedagógico.
PISA no mide memoria: mide la capacidad de usar lo aprendido para resolver problemas de la vida real. Al desfinanciar la escuela pública, el Estado argentino le está negando a las nuevas generaciones la herramienta más elemental para desenvolverse en el mundo de hoy —el pensamiento crítico.
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