Mientras las grandes cifras del comercio exterior se discuten en los salones de Rosario, el verdadero impacto del foro se juega en localidades como El Trébol o Cañada Rosquín, donde 24 pymes del departamento San Martín se suben por primera vez a la vidriera global.

La tercera edición del Santa Fe Business Forum dejó, otra vez, números grandes: miles de millones de dólares, cientos de compradores internacionales, decenas de fondos de inversión. Pero hay una parte de la historia que no aparece en los titulares y que quizás sea la más interesante: la de las pymes del interior santafesino que, por primera vez, se sientan a negociar cara a cara con un comprador de otro continente.
Cuando el negocio no se queda en Rosario
Durante años, el comercio exterior argentino tuvo una lógica bastante conocida: las oportunidades se concentraban en los grandes puertos y en las ciudades más grandes, y el resto del mapa productivo quedaba mirando desde afuera. Este año, el SFBF apostó a romper esa lógica con los llamados «circuitos productivos»: en lugar de esperar a que las empresas del interior lleguen a Rosario, son las delegaciones extranjeras las que viajan hasta las fábricas y los campos.
El caso del departamento San Martín es un buen ejemplo de lo que puede lograr esa apuesta. Que 24 empresas de la zona —muchas de ellas pymes metalmecánicas, agropartistas o alimenticias— se organicen para participar juntas del foro no es un dato menor. Para bastantes de esas empresas, las barreras del comercio exterior (idioma, trámites aduaneros, falta de contactos) suelen ser un obstáculo difícil de sortear en soledad. El foro les abrió una puerta directa, sin intermediarios.
Lo que un contrato de exportación deja en el pueblo
El impacto de esas negociaciones no se queda en el balance de la empresa que exporta. Cuando un taller de El Trébol, Cañada Rosquín o Colonia Belgrano cierra un negocio con el exterior, esos dólares empiezan a moverse puertas adentro de la comunidad: se activa el comercio local, se necesita más mano de obra calificada y se le da trabajo a otros talleres y proveedores de la zona. Es, básicamente, el tipo de círculo virtuoso que las economías regionales necesitan para retener a los jóvenes que hoy migran a las grandes ciudades en busca de oportunidades.
Mostrar el proceso, no solo el producto
Los circuitos productivos también cambian la forma en que se negocia. No es lo mismo mandar un catálogo o una muestra que llevar a un comprador extranjero hasta la fábrica o el campo donde se produce lo que quiere comprar. Ver la maquinaria funcionando en el lugar donde fue pensada, o recorrer un laboratorio biotecnológico en el territorio, genera una confianza que ningún folleto puede reemplazar. Y, de paso, permite equilibrar un poco el mapa: reparte inversores entre el sur más industrializado de la provincia y las cuencas productivas del centro y el norte, que históricamente quedaron más relegadas.
El desafío que viene: sostener el impulso
El punto más delicado, de todas formas, es qué pasa después del foro. Para que este impulso no se quede en un buen recuerdo, hace falta que la Provincia, el Consejo Federal de Inversiones (CFI) y los municipios sigan trabajando juntos, sobre todo en el financiamiento: las pymes del interior necesitan líneas de crédito específicas para poder responder a la demanda de los 50 países que participaron este año. Sin esa espalda financiera, es difícil que una pyme chica pueda escalar su producción de un día para el otro.
Al final, lo que muestra esta edición del Business Forum es que competir en el mundo no es un privilegio exclusivo de los puertos. Cuando la agenda de desarrollo se federaliza, la provincia no solo exporta soja, carne o maquinaria: exporta también el trabajo, la identidad y el arraigo de cada rincón de su mapa productivo.
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