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En Rosario, los homenajes a Belgrano quedaron en segundo plano ante una puesta en escena repleta de desplantes, la protección presidencial a un funcionario acorralado y un frío ceremonial que expuso la fractura total en la cima del poder.

El acto central por el Día de la Bandera en el Monumento de Rosario debía ser, idealmente, un momento de encuentro cívico y de riguroso homenaje a Manuel Belgrano. Sin embargo, la conmemoración patria terminó fagocitada por las urgencias de la interna oficialista y las notorias tensiones del manual de la política contemporánea. Lo que quedó plasmado bajo el frío cielo rosarino no fue la cohesión en torno a una insignia nacional, sino una preocupante radiografía de incomunicación institucional y un festival de gestos hostiles en la primera línea del Estado.
El primer gran cortocircuito conceptual provino del propio discurso del presidente Javier Milei. En su afán por forzar paralelismos históricos y amoldar el pasado a sus dogmas económicos, el mandatario definió a Belgrano como el “primer intelectual liberal económico argentino”. La interpretación, además de forzada, parece obviar la profunda impronta estatista, el fomento a la industria nativa y el rol central que el prócer le asignaba a la educación pública como herramienta de igualdad social. Intentar reducir una figura de dimensiones universales a un mero precursor de las recetas fiscales del presente delata una preocupante ligereza teórica.
El himno de las discordias y la espalda de Villarruel
El verdadero epicentro del análisis político estuvo dominado por el lenguaje corporal y el abierto conflicto entre el Presidente y su vicepresidenta, Victoria Villarruel. Marginada del protocolo oficial por la Casa Rosada y asistiendo gracias a la invitación de la gobernación santafesina, la vicepresidenta no ocultó su desdén ante la falta de diálogo. Durante la entonación del Himno Nacional, mientras el resto del gabinete miraba alineado hacia el escenario donde se encontraba Milei, Villarruel ejecutó una estudiada maniobra: se dio vuelta por completo para mirar de frente hacia el mástil y el izamiento de la bandera, dándole explícitamente la espalda al jefe de Estado.
El movimiento reabrió el debate instantáneo entre quienes leyeron una justificación estrictamente protocolar —rendir honores a la insignia nacional y no al mandatario de turno— y quienes vieron la consumación de una «guerra fría» que ya es imposible disfrazar. Al finalizar el acto, la propia Villarruel subió la apuesta ante los micrófonos, tildando de «maleducados» a quienes le negaron el saludo e ironizando sobre el pésimo mensaje que la cúpula da a la sociedad.
El blindaje a Adorni y el reencuentro con Bullrich
El evento sirvió además como el escenario elegido por Milei para escenificar un férreo blindaje sobre el cuestionado Manuel Adorni. Envuelto en un severo escándalo patrimonial por bienes no declarados e inconsistencias financieras que ya investiga la justicia, el funcionario reapareció públicamente pegado al mandatario. La postal de respaldo absoluto de la Casa Rosada no fue solo hacia afuera, sino también una respuesta interna frente a los socios políticos que exigen su desplazamiento. En sintonía con este esquema de protección, se destacó el efusivo encuentro y los abrazos que Adorni intercambió con la senadora nacional, Patricia Bullrich. La ex ministra se movilizó activamente en las últimas horas operando políticamente para modificar los consensos parlamentarios e impedir la interpelación del jefe de Gabinete en el Congreso.
Villarruel también dedicó un párrafo letal para esta puesta en escena: consideró la fuerte presencia de Adorni en el palco central como algo «totalmente desubicado», sentenciando que «no hay nadie más lejano a las ideas de rectitud y honestidad de Belgrano que él».
En definitiva, Rosario no presenció una comunión patriótica sino la cristalización de un gobierno fragmentado, donde sus máximos representantes se aíslan en facciones, se niegan la mirada y utilizan las fechas patrias como meras trincheras de una disputa personal por el poder. Mientras la dirigencia debate hacia dónde mirar en el himno, el país real sigue esperando soluciones de fondo.
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