Con la confirmación de que el magistrado dejará su cargo en noviembre, Maximiliano Pullaro consolida una renovación casi total del máximo tribunal a la medida de su proyecto político. El dilema del histórico presidente del cuerpo, cercado por el recambio generacional.
La confirmación de que el juez Roberto Falistocco dejará su silla en la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe a partir de noviembre representa mucho más que una jubilación firmada a tiempo. Es, en los hechos, el penúltimo ladrillo que cae de una estructura tribunalicia que dominó el Poder Judicial santafesino durante décadas. Con este paso al costado, la reforma judicial que el gobernador Pullaro impulsa desde el primer día de su gestión anota su victoria más estratégica: mueve un ajedrez institucional que parecía inamovible.
La salida de Falistocco acelera el vaciamiento deliberado de la vieja guardia. Hasta ahora ya fueron reemplazados cuatro integrantes; con su partida, y la llegada de Jorgelina Genghini, serán cinco los nuevos que acompañen a Daniel Erbetta, el único de la composición anterior que seguirá en el cuerpo. El mandatario ya lo había anticipado con inusual crudeza en el reciente encuentro interministerial: de los siete miembros del máximo tribunal (contando al procurador), seis serán nuevos antes de que termine el año. La nueva Justicia santafesina, modelada al gusto y al ritmo del Ejecutivo, dejó de ser un deseo político para convertirse en una realidad inminente.
El factor Gutiérrez: el aislamiento del histórico presidente
Con las bajas sucesivas y ya programadas, los focos de la política y de los pasillos tribunalicios apuntan a un solo hombre: Rafael Gutiérrez. El histórico e incombustible presidente de la Corte es hoy el único de los viejos integrantes cuya salida todavía no está formalizada. Su reemplazo, además, ya está resuelto: Aldo Alurralde, asumirá en cuanto él defina cuándo se va.
Su posición es de extrema fragilidad política, no por falta de peso propio, un atributo que le sobró para pulsear con sucesivos gobernadores, sino por aislamiento. Sentarse desde diciembre a una mesa rodeado de cinco nuevos ministros, promovidos bajo la narrativa del “cambio de era” de Pullaro, con Erbetta como único compañero de camino, asoma como un escenario de resistencia inviable. La estrategia del oficialismo de “estimular” el retiro por razones de edad y de impulsar una renovación generacional terminó por encerrar al magistrado, que debe decidir si ensaya un último y testimonial gesto de autonomía o si negocia una transición ordenada.
La Corte que Pullaro imaginó
Desde que asumió el control de la Casa Gris, Pullaro identificó a la Corte Suprema como un actor corporativo que frenaba las transformaciones de fondo que exigía su programa, especialmente en seguridad y eficiencia administrativa. Sus críticas públicas a la “lentitud” y los “privilegios” del Poder Judicial no fueron exabruptos: fueron la preparación del terreno para el recambio que hoy se concreta.
La nueva fisonomía del tribunal garantizará una sintonía generacional y conceptual más cercana a los tiempos que corren, y despeja el camino para reformas normativas complejas sin el fantasma de la inconstitucionalidad sobrevolando los despachos oficiales. Para el pullarismo, la salida de Falistocco y la llegada de los nuevos cortesanos es el triunfo definitivo de la política santafesina sobre la corporación judicial. Para los críticos de la velocidad del Gobierno, un preocupante avance sobre la independencia de poderes. Lo cierto es que la “vieja Corte” ya es parte del pasado, y el futuro se escribe bajo las condiciones del Ejecutivo.
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